sábado, junio 12, 2004

Agostos

        Esforzándose por ocultar su lúgubre apariencia, vestido con algunos niños que cansaban sus sueños a gritos y corridas, andaba el otoño, sentado en una plaza apenas maquillada para la ocasión, con el pasto hecho tierra a causa del frío. Con su cara helada, su nariz roja y los ojos como un cristal labrado por la nostalgia, imaginando su destino, repitiéndose algún pasado que creía recordar, andaba el otoño. Contenía las lágrimas, cargando el cielo de una impotencia gris y pesada, sólo para sentirse acompañada: un llanto minúsculo provocaría que aquellos niños abandonasen la fantasía de olvidar el tiempo e imaginar el espacio -tal cuál él hacía ahora- para correr hacia alguna cintura materna donde cobijar sus primeros temores silvestres. Así y todo, sus ojos estaban recargados de nubes.

        - No llores; jamás volverás a sentirte así de sola -dijo la primavera, en un susurro que revolucionó unas últimas hojas y que sofocó pares de ojos sedientos de ligeras polleras en la otra vereda, cuando vio al gélido agosto con la cabeza gacha y una bufanda raída, hundido en su propia melancolía, errando las calles de la plaza, con las manos en los bolsillos.

        - Prométeme entonces -contestó el otoño, con sus pestañas nubladas- que nunca más seré un socio de la soledad y que podré usar tu brillo a mi antojo y recordar con emoción tu nombre cuando, de lunes a lunes, deba trabajar a voluntad de la tristeza y ya no tenga yo, exceptuando algunas noches de sábado, apenados atardeceres de domingo y no más que lamentos para ofrecer.

        Cuentan que la primavera, entonces, recogió cierta cantidad de lágrimas caídas para devolverlas a las copas de los árboles, miró al sol por sobre el hombro buscando una cómplice piedad para con la estación del frío, dejó una margarita sobre aquél y nunca más nadie volvió a verla junto a agosto. De vez en cuando, apenas si, compasiva, lo invita a pasear por su septiembre de lozanos verdes y flores, de bancos recién pintados, de plazas asidas hace 5 minutos, donde los agnósticos del amor vuelven para rayar corazones.