Gualeguaychú: Representaciones (IV)
Tuve la certeza (inútil, por definición) de que el éxito con las mujeres estaba dado allí por la representación. Éxito del cual sabía -en mi interior, con un poco con envidia -su miseria; pero sin embargo, en el terreno de las actuaciones y las puestas en escena, de los teatros y la arena, ese éxito lo era todo, y además era envolvente, circular y asfixiante como la playa o las tetas, sin bordes de donde agarrarse para pararse y gritar.
Allí o se representaba o se moría, confiriéndole a las cosas un aire de trasendencia que una frase lanzada con la liviandad de los que no saben ejercer su libertad (y que lanzan a cada rato, esclavos de sí mismos) pone en evidencia, como ya dije que sucede, paroxisticamente: "lo que pasa en Gualeguaychú, muere en Gualeguaychú".
El éxito era lo efímero, lo demasiado breve para casi medirlo: era dolorosamente eterno. Empecé a convencerme de que jamás podría olvidar a una mujer con la que sólo cogiese. También que ella me olvidaría inmediatamente, actriz incipiente.
Ninguna de esas trivialidades me llevó al razonamiento siguiente; acaso toda esta revuelta de ideas que quizás se fueron gestando en la ruta, camino de vuelta, son la triste y patética explicación de mi nostalgia e impotencia: las mujeres querían la representación, la facilidad de lo esperado, la sorpresa fingida y la sonrisa de foto, irónicamente también duradera en el instante.
El mercado había hecho erupción y carne. eramos publicidad de nosotros mismos, mercaderia; eramos espectáculos en horario de ocio, actuando en la vida. Nada de todo eso debía desbordar esa ciudad suspendida por la magia y por los cortes, que importaban nada, en medio de todo. No había que negociar, sino participar, pues otra vez la clave del éxito (o la felicidad, pongamos) era el necesario desconocimiento.
Algo de esto debe haberse notado en mi cara, siempre sola mirando el techo de la carpa.
Allí o se representaba o se moría, confiriéndole a las cosas un aire de trasendencia que una frase lanzada con la liviandad de los que no saben ejercer su libertad (y que lanzan a cada rato, esclavos de sí mismos) pone en evidencia, como ya dije que sucede, paroxisticamente: "lo que pasa en Gualeguaychú, muere en Gualeguaychú".
El éxito era lo efímero, lo demasiado breve para casi medirlo: era dolorosamente eterno. Empecé a convencerme de que jamás podría olvidar a una mujer con la que sólo cogiese. También que ella me olvidaría inmediatamente, actriz incipiente.
Ninguna de esas trivialidades me llevó al razonamiento siguiente; acaso toda esta revuelta de ideas que quizás se fueron gestando en la ruta, camino de vuelta, son la triste y patética explicación de mi nostalgia e impotencia: las mujeres querían la representación, la facilidad de lo esperado, la sorpresa fingida y la sonrisa de foto, irónicamente también duradera en el instante.
El mercado había hecho erupción y carne. eramos publicidad de nosotros mismos, mercaderia; eramos espectáculos en horario de ocio, actuando en la vida. Nada de todo eso debía desbordar esa ciudad suspendida por la magia y por los cortes, que importaban nada, en medio de todo. No había que negociar, sino participar, pues otra vez la clave del éxito (o la felicidad, pongamos) era el necesario desconocimiento.
Algo de esto debe haberse notado en mi cara, siempre sola mirando el techo de la carpa.