Gualeguaychú: Representaciones (I)
Incluso más que en cualquier espectáculo de nuestra vida -sacar al perro, una entrevista de trabajo, una conquista-, la fiesta y las ciudades vacacionarias son el lugar de perogrullo para las representaciones. No descubro nada; desde el maquillaje, los falsos bailes, las mentiras y el tiempo congelado. Lo único que evidencio es cómo lo siento, dividido desde adentro en dos hombres: actor y solitario, para darle un tinte poético a semejante absurdo cotidiano (separación con no menos falsedad y representación que cualquier otra).
Y no obstante, el carnaval, privado -liberado- de esos afeites y alcoholes que lo coronan y pavonean, es el teatro ejemplo de ese efecto de representación que sufrimos levemente a cada rato, en cada esquina, y que llega a su silencioso grotesco en los boliches. Es una fiesta de disfraces, preparada, guionada, con personajes desconocidos, trabajadores que viven actuando una representación; actores de los días, de las noches, de la alegría. No sería arriesgado decir que son, sin saberlo, los más fenomenales que la historia viene soportando a lo largo de sus mutaciones.
Preferiría ignorar las oviedades: la música que aturde a las palabras (aunque, como dije antes, trae recuerdos de otra tierra), las máscaras, las carrozas, la distancia entre actores y público -que siempre intentan confundirse democráticamente-, las mujeres que se muestran y no se tocan, los decorados de la selva y el comercio de lamparitas eléctricas.
Me valgo, tristemente, de una anécdota, tan moralizante y estúpida como cierta: como en un cuento de Saramago, presencié el carnaval desde la zona de entradas, es decir la trasera, la pobre, la oculta. Vi: las espaldas de las comparsas, los que vendian relojes y cadenas, las ticketeras, las hierros de las gradas y a yo intentando colarme.
Tuve frente a esta fea cara la representación de representaciones.
Y no obstante, el carnaval, privado -liberado- de esos afeites y alcoholes que lo coronan y pavonean, es el teatro ejemplo de ese efecto de representación que sufrimos levemente a cada rato, en cada esquina, y que llega a su silencioso grotesco en los boliches. Es una fiesta de disfraces, preparada, guionada, con personajes desconocidos, trabajadores que viven actuando una representación; actores de los días, de las noches, de la alegría. No sería arriesgado decir que son, sin saberlo, los más fenomenales que la historia viene soportando a lo largo de sus mutaciones.
Preferiría ignorar las oviedades: la música que aturde a las palabras (aunque, como dije antes, trae recuerdos de otra tierra), las máscaras, las carrozas, la distancia entre actores y público -que siempre intentan confundirse democráticamente-, las mujeres que se muestran y no se tocan, los decorados de la selva y el comercio de lamparitas eléctricas.
Me valgo, tristemente, de una anécdota, tan moralizante y estúpida como cierta: como en un cuento de Saramago, presencié el carnaval desde la zona de entradas, es decir la trasera, la pobre, la oculta. Vi: las espaldas de las comparsas, los que vendian relojes y cadenas, las ticketeras, las hierros de las gradas y a yo intentando colarme.
Tuve frente a esta fea cara la representación de representaciones.